lunes, 30 de mayo de 2022

“Talento celestial”

 Reseña:


Un accidente automovilístico cambió la vida de Gabriel cuando apenas era un niño, pero ello no cambió su destino ni su fuerza interior. La vida lo sorprendió cuando menos lo esperaba y lo guió hasta el lugar en el que debía estar. Las tragedias convierten a los espíritus en guerreros de hierro y Gabriel es uno de ellos. Nunca se es demasiado viejo para aprender, ni demasiado joven para enseñar, la ciencia está en siempre superarse a uno mismo. 


“Su familia era pequeña y vivían felices siendo apenas tres. Tenían la tradición de salir a recorrer Santiago al menos dos fines de semana al mes, para que el pequeño integrante conociera la ciudad, para que se nutriera de todo cuanto pudiera ver, oír y curiosear. No eran un matrimonio rico, eran un hogar de clase media que trabajaba día y noche de ser necesario para que a Gabriel no le faltara nada, mucho menos amor. Uno de esos fines de semana, después de conocer el Parque Forestal, el bus de transporte público en el que iban los tres de vuelta a su casa en la comuna de Recoleta, chocó con un camión cuyo conductor conducía a exceso de velocidad. El accidente le trajo muchas consecuencias en sentidos que muchas veces lamenta y en otros en los que le produce el mayor entendimiento del que es capaz. Veinte años después seguía absolutamente convencido de que no es de su agrado recordar aquel específico momento que cambió su vida para siempre.”

 

Mi padre me regaló una flauta de madera cuando tenía seis años. Llamó mi atención entre toda clase de objetos en una feria de artesanos frente a la escuela de Derecho de la Universidad de Chile, en el barrio Bellavista. Nunca en mi vida me había divertido tanto investigando, corriendo de un lado para otro. Me sentía libre, era un niño feliz. 

 

Pude ver la expresión de orgullo en la cara de mi padre cuando le pedí que comprara aquel instrumento que parecía tan simple de usar y sonaba tan bonito a la vez. De ningún modo olvidaría su sonido, vivía en mi mente como un canto de sirena. 

 

Me parecía extraordinario que un trozo de madera tallada con un par de perforaciones circulares a lo largo de su estructura, hiciera sonidos que a otros les parecieran tan armónicos, tan dulces y melódicos. 

 

Aquellos sonidos eran para mí ahora, vibraciones rítmicas, que siento en mis dedos, que nacen en el fondo de mi mente. Odio que sea así, aunque me acostumbré a vivir con ello. 

 

Las notas y el movimiento de mis manos, son la proyección de una emoción y un sentimiento que me resulta difícil de explicar a los demás, porque no todos me entienden cuando intento hablar. Para mí significan pura vida y energía, porque nadie nunca me enseñó sobre música, ni sobre cómo tocar la flauta, ni a leer notas en una pauta. 

 

Hoy, con veintiséis años, puedo decir que mi oficio es ser flautista. Me dedico a ello con toda el alma y corazón del que soy capaz. Ella salvó mi vida, aún después de haber vuelto a nacer, desde ese maldito día. 

 

No pasó mucho tiempo, hasta que decidí ponerle el nombre de mi madre a la flauta, me parecía una linda manera llevar a ambos conmigo siempre, de honrarlos. Mi madre se llamaba María de los Ángeles, así que a la flauta le decía Angelita, para perder las formalidades. Después de todo, ella se había entregado completamente al cuidado de mis diestras manos. 

 

No la dejaba por nada del mundo, era mi compañera, me mantenía vivo y con ánimo para continuar vivo. Era lo único que tenía, lo único que me quedaba, después de haber perdido a mis padres en aquel maldito accidente. 

 

El infeliz que manejaba el camión me había arrebatado todo de una sola vez, y a pesar de todos los años que habían pasado, que el siguiera con vida no me impedía en lo mas mínimo sentir rencor por aquel irresponsable hombre. 

 

La vida no podía ser tan injusta, no podía quitártelo todo sin darte nada a cambio, no si eras de buena madera. Todos estamos hechos de ciertos tipos de madera, de distintos tipos de madera. Yo creo que soy como el de mi Angelita, de bambú, porque la vida me ha golpeado muy fuerte y no ha logrado derribarme. Salí adelante como pude, lo sigo haciendo, a pesar de no tener nada, de no tener a nadie. Sé dónde quiero llegar, que quiero para mi futuro. Aunque haya días en que la pena no me deja avanzar, no me abandona. 

 

Comencé con mi oficio de flautista a los quince años, por lo que pudiera ser una casualidad de la vida o el simple destino. Una vecina del barrio había perdido a su hijo, que tocaba la flauta como yo. En alguna ocasión escuchó mis melodías y para cuando su hijo falleció, pensó en mi para su funeral. 

 

En ese momento, descubrí que entendía el dolor de aquella mujer, más aún cuando me rogó que tocara la pieza favorita de su único hijo. Asentí y lo hice, ella me entendía a pesar de mis dificultades. Esa fue la primera vez que vine al Cementerio General. 

 

Desde aquel día, cada día me parece como el primero. De ahí en adelante, cada vez se me acercaron más personas para pedirme lo mismo que aquella mujer, quien sin imaginarlo, me convirtió en el flautista de los ángeles que habitan entre esta tierra y el cielo, entre los trozos de cemento trabajado con más o menos esmero, como casas para los familiares muertos. No me gusta esa palabra, suena dura e insensible pero es la realidad. Prefiero llamarlos ángeles, o almas o espíritus. 

 

El cementerio se convirtió en mi refugio, el único lugar del mundo que conocía, que me daba consuelo, que me daba calma y en el que encontraba la certeza de que en el futuro solo vendrían cosas buenas para mí. La paz de sus caminos era impagable. El silencio era como estar en el cielo con los que ya no estaban aquí. 

 

No sé dónde fueron enterrados mis padres, otra expresión que detesto, pero algo en mi interior me dice que es aquí. Podrían haber sido católicos y estar descansando en el cementerio del frente, pero estoy seguro de que no es así. La energía de ese lugar me choca, no puedo ni si quiera mirar hacia su puerta, mucho menos podría entrar. 

 

Todo cambia cuando vengo aquí, desde que cruzo la reja y doy el primer paso hacia su interior. Por tiempo pensé que las altas puertas de fierro, que parecía que pesaban kilos y kilos, eran el acceso principal, pero no lo es. Prefería este ingreso en vez del otro que tiene como monumento una escultura a las víctimas de un incendio. De solo pensarlo, se me encoge el estómago. 

 

No podría decir si soy católico o no. A la edad en la que comenzó toda mi vida de nuevo, no podría haberlo sabido, era muy pequeño para el mundo. Mis padres probablemente si lo supieran y mi nombre podría ser una señal de eso. 

 

Me gusta ser Gabriel, aunque en más de alguna ocasión pienso que mi historia podría haber sido distinta de la que resultó siendo y que solo por mi nombre tal vez tenía una conexión con el cielo que me mantenía protegido. Si creer en algo como eso me hace católico, entonces lo soy.

 

El cementerio es un lugar para todos: para los que ya no están y para que vengan a dejar flores o peluches, los que se quedaron de este lado de la vida. Siempre lo he sentido así, siempre lo he vivido así. La pérdida de mis padres no me impidió creer que hay vida después de la muerte, sino, ¿Cómo es que siento que caminan conmigo, que me señalan el camino?

 

El sol está por ponerse cuando me detengo a observar a mí alrededor. Todo el espacio que mi vista alcanza a apreciar, resulta como un museo que tiene al cielo como techo y árboles como cerca en sus caminos interiores. ¿Cuál era el sentido de rodear toda la manzana con murallas? La idea de una barrera que evitara que lo de adentro saliera, como los zombis trepando los ladrillos me hizo sonreír. 

 

Me impresiona la cantidad de árboles que forman una parte con el todo. No desentonan, son parte de la esencia de este lugar. Hay ciprés, álamos, palmeras, araucarias y jacarandás, cuyas flores moradas vuelan por todas partes. Ese es mi favorito. A mi madre le encantarían también. Lo altos o bajos que son, lo más o menos frondosos que son, se relacionan en un juego de luces y sombras constantes.

 

Entre ellos, sus raíces han levantado tumbas, ocultado otras o guiado el camino por las calles más estrechas. Entiendo que hayan algunos que ingresen por curiosidad, que la mayoría venga porque tienen a alguien por quien llorar, pero me cuesta entender a los que vienen por escuchar historias de terror o de fantasmas. ¿No pueden ver una película en sus casas? Ningún rincón de la ciudad de los muertos daba miedo, o no por lo menos esa clase de miedo que te empuja a salir corriendo, ese miedo de las películas.

 

Sopla el viento y podría apostar a que suena como un silbido, pero en realidad no lo sé. Hay una sensación a flor de piel constante, que se debate entre el frío que te obliga a frotarte los brazos y el calor que abraza. Me provoca escalofríos. 

 

Los más sensibles pueden percibir que hay almas que caminan junto a uno, que hay dolor y sufrimiento debajo de cada cruz del patio veintinueve. 

Que a los más perceptivos se les apriete el pecho cuando se detienen a leer el letrero oxidado que lleva el nombre del sector, es la evidencia de que el lugar conservado exactamente como fue echo, cumple con el objetivo de que no se pierda la memoria. El letrero no es solo un pedazo de metal con un nombre, sino el reconocimiento de una dignidad tristemente arrebatada y una sociedad que debe seguir avanzando pero sin olvidar. Tal como con mis padres y yo. 

 

Su mayor característica, su marca registrada, la conforman metros y metros cuadrados de espacio y tierra fértil en medio de la ciudad, donde reinan el silencio, las cruces, la tranquilidad, los rezos, oraciones, cantos y flores. Donde puedes ver a niños jugando a las encondidas, a payasos llorando a sus amigos payasos como una sola gran familia, a un perro mover la cola, a un pájaro cantor o a algún alumno pidiendo un favor. 

 

Un lugar al que todos deberíamos llegar en igualdad de condiciones, después de todo, todos tuvimos vida, pero los que están aquí, bajo la tierra o sobre ella, abandonaron el cuerpo y sus almas habitan entre paredes de cemento y piedra de todos los tamaños, alturas y formas, lo que los sigue haciendo iguales, pero distintos al mismo tiempo, porque  aun así, hay diferencias de estatus, entre los que tienen más y los que tienen menos. Desde los más ilustres hijos hasta los más desconocidos, de los que en vida fueron más ostentosos y opulentos, de los que fueron enterrados aquí porque no podrían haberlo estado en ningún otro lado más. 

 

Hay identidad, nacional y cultural, en cada una de sus lápidas, nichos o mausoleos. Ninguno nunca es igual al otro, ni tampoco todos están igual de cuidados, pero siguen estando los del barrio alto y los del barrio bajo. 

 

Creo que los cementerios en general son eso: una manifestación de humanidad que no fue creada para abandonar o ignorar, al menos no cuando los lazos emocionales son profundos. Y no solo aquí, en el General de Santiago, sino en cualquier cementerio del mundo. 

 

Por lo mismo, me duele no saber donde están mis padres, no tener la posibilidad de demostrarles que no me he olvidado de ellos, que viven en mi cada día. Dejarles flores, como las moradas de la entrada, o tocar para ellos mis canciones favoritas con la Angelita. 

 

Todos nos vamos a encontrar alguna vez con la muerte, lo sé, pero no quiero vivir mi vida solo por vivirla. Ella ya me dejó cicatrices, algunas que no podré borrar jamás. Así que hoy camino los rumbos que el destino pone frente a mi, dejando a mi paso solo huellas. 

 

Moriré tranquilo sabiendo que marqué la vida de alguien más en un buen sentido, que ayudé a que el mundo sea un lugar mejor, o simplemente habiendo sido un hombre que vivirá para siempre en la memoria de quien me haya conocido. 

 

Trascender, vivir más allá de la vida en carne, en el cuerpo. Ser recordado con amor, con gentileza, no solo por lo que hago con mi flauta, porque hay más como yo que la tocan, sino por quién soy, por lo que me hace único. 

 

“Piensa en todo ello sentado frente al Memorial del Detenido Desaparecido y del Ejecutado Político, después de haber tocado su propia interpretación de la canción “Gracias a la vida” para Violeta Parra. A pesar de la tragedia que había cambiado su vida para siempre, agradecía estar vivo y cada una de las oportunidades que le habían permitido resurgir de entre las cenizas. Aun cuando a veces se sentía solo, no lo estaba realmente: habían ángeles en su vida acompañándolo. La gente lo saluda y le sonríe, como si fuera una más de las leyendas del campo santo más antiguo de la capital. Lo conocen, saben quién es: por su talento, por su historia y por ser el flautista sordo del Cementerio General.”






martes, 14 de noviembre de 2017

Rebelde sin causa

Reseña:


Cuando la curiosidad de un niño revela verdades, que estaban ocultas por descuido o porque a nadie le interesó contarle, se descubre más sobre nosotros mismos, se explican extrañezas de la vida y todo encuentra un sentido, una razón de ser. 

 

Nunca se consideró a sí mismo como un rebelde, prefería autodenominarse diferente, porque sabía que lo era. Esa diferencia gobernó su mundo, le mostró el camino y le dio un objetivo, hacerle homenaje al origen de su historia. 



"Soy José, simplemente José para los que no me conocen.

Vivo en un pequeño departamento entre las calles de este barrio, el Lastarria, desde que ingresé a mi primer año de arquitectura en la Universidad Católica en la Casa Central, al igual que toda mi familia. En esa época no iba a elegir diferente mi casa de estudios, no tenía el ímpetu necesario para rebelarme, pero ellos no se equivocaron en elegir y yo tampoco. Eso lo había comprobado ahora, que era el último día del último año de la carrera.

No era como cualquier otro día, aunque había comenzado como cada mañana, me sentía más animado de lo normal, un poco agitado también tal vez. Cada latido me reavivaba la emoción. No había sido un camino difícil, solo había sido demasiado largo para un ansioso como yo. Quería que este día llegara desde que crucé la puerta principal la primera vez.

Le di las gracias al sagrado corazón de Cristo todas las mañanas mientras me recibía con los brazos abiertos. Creía en Él, como casi todos los chilenos, aunque no iba a la iglesia. Sentía su presencia, observante y protectora, no pasaba desapercibido.

El camino a clases era una de las mejores partes del día: las calles angostas del barrio con sus adoquines, los murales en colores, en blanco y negro, pintados con esmero en las paredes altas ¿Cómo habrán llegado allá arriba?

Pienso en lo privilegiado que soy por haber venido a vivir aquí, aunque representara un contra sentido, porque dejé la casa de mis padres en el barrio alto de Santiago, para venir aquí, al históricamente primer barrio alto de la capital.

Este es mi lugar, siempre lo he sentido así. Me siento cómodo, como uno más, conectado con todo los significados y señales que se esconden entre sus muros, que lo hacen único. Es un viaje en el tiempo, te sientes automáticamente transportado a las intenciones que el intendente icónico del siglo diecinueve tuvo para el sector. Escucho su voz en el fondo de mis pensamientos, veo nítidas sus ideas, es como si me hablara del pasado para pensar en el futuro.

Me quedo inmóvil frente al costado del Museo de Artes Visuales. La hiedra recubre por completo aquella casa, es extrañamente inspirador. Sobresale por encima de todos los demás detalles de las estructuras vecinas, es el sueño de un curioso como yo entrar. Siento deseos de tocar la puerta de madera, de seguro tiene un jardín similar, lleno de flores de colores, y árboles tan altos como su frontis.

Disfruto la vista, casi tanto como disfruto hojear los libros de la señora Ana bajo el toldo verde, para no desentonar supongo, junto a la casa y su enredadera. Libros usados, viejos algunos, antiguos para mi, con olor a historia y recuerdos. Todas las mañanas o las tardes le pregunto si trajo algo nuevo, porque los conozco casi todos.

Mi esperanza es encontrar otros más en los que haya alguna dedicatoria que valga la pena seguir conservando.

Una vez en la esquina, pienso en cuánto sentido tiene que aquella calle se llame Merced. Desde allí puede verse altivo el cerro, como si supiera que tiene el barrio a sus pies, a su merced.

El Santa Lucía fue mi refugio durante cinco largos años y la fuente de inspiración de muchos de los dibujos que he echo con lápiz, a mano alzada, en un bloc de hojas blancas, sentado en alguna de sus cunetas al borde de sus senderos de gravilla y piedra, que te guían hasta su cima.

Más de alguna vez me he apoyado en uno de sus frondosos árboles y observado cada mínimo detalle diferente que pudiera haber entre la vista y el papel, como haré nuevamente hoy, esperando que no sea la última vez.

Cargaba en su espalda dentro de una mochila todo lo que pudiera necesitar para su tarea. Un par de lápices de carbón, un cuaderno de croquis, una botella de agua, y la enorme carpeta que protegía el trabajo de los últimos seis meses: su proyecto de título. Lo consideraba ambicioso, ameno para quien hiciera uso de los espacios y moderno, porque su intención era esa, quería darle otra racha de entusiasmo, de color, de modernidad, de vida a este barrio que lo vio madurar, como hombre y arquitecto. Sabía de dónde venía esa idea. Lo hacía sentir poderoso, pero al mismo tiempo aterrizado porque estaba convencido de que era posible, que su sueño no quedaría sumido solo a eso y que estaba solo en sus manos materializarlo. Se había esforzado por años para conseguirlo.

Tengo alma de humanista, y algo dentro de mí me refuerza día a día que no podría haber estudiado otra cosa, que no podría dedicar mi vida a nada más que no fuera grabar recuerdos o imágenes en hojas de croquis, a proyectar ideas. Creo que no son solo las palabras en un libro las que quedan inmortalizadas, sino también los edificios, las calles y los rincones de una ciudad enorme que no dejará de crecer.

Tengo la sensibilidad de un artista, pero ninguna de estas son características de las que me vanaglorie, soy raro para algunos, diferente al menos, porque no cumplí con ser como los demás, con hacer ostento de mi nombre, porque forjé mi camino siguiendo mis propios sueños, siendo leal a mí mismo y a esa voz que habita en mi cabeza que me dice dónde ir, cómo hacerlo y qué ver. Me gusta ser quién soy, el apellido que llevo, la historia de mi origen, pero no me gusta hacer alarde de eso, prefiero que mis dibujos e ideas hablen por mi.

El cerro me regala humedad, sin falta por las tardes. Ésta sí es la mejor parte del día. Dos niños custodian las largas e interminables escaleras que se pierden a la vista cuando las miras desde lejos, escondidos bajo altas palmeras y una ruidosa pileta. 

La puntuda reja de fierro parece el cierre perfecto y cuando escucho a los pájaros cantar, recuerdo a Mary y Dickon entrar por primera vez al “Jardín Secreto”. Mi infancia dista mucho de estos paisajes, por lo mismo creo que lo disfruto todavía más.

Más de cien años de historia lo protegen y el paso de ese tiempo se siente. Ya no están todas las piezas de piedra en su lugar, las barandas blancas están manchadas por el negro hollín de la contaminación ambiental y al menos hoy, a Neptuno nadie le ha pedido deseos.

Sigo subiendo y la carpeta pesa un poco más. He dibujado antes este castillo, cuando estaba un poco más entero. Muchas veces desee ser invitado a sus bailes, en vez de solo escucharlos desde mi habitación hasta que terminaran.

De todas las leyendas que por años han acompañado la vida de este cerro, la tradición católica es la que más ha persistido, está arraigada en él, mientras a Caupolicán parece no importarle llevar plumas en la cabeza o aros colgando de sus orejas.

Es pasado el medio día y el cañón no marcó la hora. Llevo ya un par de años sin escucharlo lo que me parece un agrado. Habría sido perturbador oírlo teniendo el lápiz sobre la hoja. Jamás habría podido terminar un dibujo limpio sin sobresaltarme y romper la punta del lápiz contra el papel.

Tanto se ha movido la tierra y aun hay piedras y ladrillos en su lugar, intactos. Si la tierra ha tenido respeto por el cerro, ¿Por qué no lo han tenido también quienes se dan el trabajo de subir hasta aquí solo para llevarse un pedazo de él sin permiso? Estoy por llegar a lo más alto y Pedro de Valdivia no tiene su espada. Dudo que lo hayan perpetuado en piedra de esa manera. ¿Quién es Pedro sin su espada? Un simple caballero español esculpido que sirve de mirador para una paloma que se posa sobre su cabeza.

Más escaleras, más y más escaleras y siento dormidos los brazos por el peso de la mochila en mi espalda, pero ya llegué a la cumbre.

Los turistas con distintos idiomas pululan a mi alrededor, y aunque las nubes se asoman, y sopla un viento que es como un susurro amenazante de lluvia, no llueve y no lloverá. Diviso al sol entre ellas y así el clima está perfecto para terminar el proyecto que me dará el primer reconocimiento de mi vida: mi título de arquitecto.

Desde aquí veo a la madre de Cristo, en la cima de otro cerro con tradición católica, el edificio que fue en su época el más alto de Chile con forma de teléfono, la torre de telecomunicaciones más famosa del país, el Bellas Artes y la torre centenario que me impide ver tras de si a la cuadrada plaza de armas.

Mientras hago unos retoques, descubro que hasta hoy nunca he tenido ambición por conocer el mundo, solo tenía la convicción de que podría ser un aporte para una pequeña parte de ese mundo que todos quieren conocer.

José quería ver a la ciudad de Santiago seguir creciendo, seguir mejorando y sabía precisamente cómo hacerlo y del lugar exacto del que aquella idea provenía. Comienza el regreso a su departamento, deshaciendo el camino. No le podía faltar el ritual de siempre  en un día tan importante como hoy.

La firma de este bosquejo tenía que ser en el mismo lugar: en la última terraza del Huelén, en uno de los tantos escalones de la entrada de la ermita donde descansa su tatarabuelo Benjamín."


lunes, 5 de octubre de 2015

Es ella.~


Pocos son los afortunados que en la vida tienen la posibilidad de experimentar situaciones maravillosas, así como dicen, que solo eres millonario o verdaderamente rico, cuando tienes algo que el dinero no puede comprar. Bueno, yo lo tengo a él. Y esta historia, que comenzó con un café una tarde capitalina cuando empezaba a oscurecerse, extraña y asombrosamente despejado, es mi último gran tesoro.

Hasta hoy, no sabe que su calidez, su sonrisa y sus ojos sinceros, terminaron por echarle tierra a mi pasado que día a día me tambaleaba y me atormentaba, y peor aún: me estancaba. Lo supe apenas nuestras mejillas se rozaron por vez primera. No me transmitió ni nerviosismo ni ansiedad ni un solo segundo de las dos horas que conversamos sin parar y sin darnos cuenta cómo avanzaba a zancadas el tiempo, protegidos por un cielo lleno de estrellas. 

Paz, seguridad y calma fue una parte de todo lo que me hizo sentir cuando me invitó a seguirle el paso, cuando no éramos más que dos desconocidos con mucha vida en común, cuando sabíamos que no éramos nada pero ya lo queríamos todo. Ese día supe, que eso era todo lo que necesitaba y que si había más, solo aumentaría la satisfacción y la felicidad. Ese día supe que no había más opción que seguir mirando al frente, que no tenía motivos suficientes para detenerme, que si estaba ahí era por algún motivo y que estaba felizmente condenada a seguirle el ritmo.

No tuve que hacer nada, decir nada. Solo tuve y he tenido que ser y que fluir, porque no hubo más que una mujer pequeña de pie delante de una cafetería con la fachada de una casa al más puro estilo inglés, esperando, sin ninguna clase de expectativas, a un hombre alto, dulce y caballero. Y fue ahí, cuando él lo supo: es ella. 

Nunca se lo he dicho, porque todas las cicatrices del pasado hacen que todo parezca que con el es demasiado pronto, pero no pudo ocultar esa sensación en ese momento, no de mí por lo menos. Cambió su expresión, se relajó. Cambió el ritmo de sus pasos y su pulso. 

Fue todo lo que necesitó. Le bastó solo una milésima de segundo de su vida para saber que había tomado la decisión correcta, que no se arrepentiría nunca y que desde ese día, para el resto de los días que vinieran, todo estaría bien. Aquella decisión cambio nuestras vidas. Hizo que dieran un giro inexplicable y difícil de creer, porque somos absolutamente consientes de la suerte que tuvimos y que tenemos.

A mí corta edad, y aun cuando la vida me ha puesto la coraza cada vez más resistente y mis murallas más altas, por fin la última pieza del puzzle encajó. No necesité más tiempo para decir que él es mi equilibrio perfecto. Éramos dos extraños con un deseo común: encontrarnos, sabiendo que nos habíamos estado buscando desde siempre, para que valiera la alegría y no la pena. 

Está firme a mi lado, recordándome, enseñándome y volviendo a mostrarme todo lo que me merezco y que por desgracia había olvidado. 

Hace que sienta que tengo nuevamente mi corazón dentro de mi pecho, que nadie me lo había robado, que nadie nunca antes lo dañó. No lo esperaba, y una mano divina lo puso en mi camino, frente a mis ojos, mientras estaba muy despierta, para que no tuviera la opción de dejarlo pasar. Y lo agradezco, todos los días, desde ese primer día. 

miércoles, 18 de marzo de 2015

Te Confieso..

Te confieso que pasé noches enteras en vela por tu causa, pensando en tus ojos, deseando un beso, pero te confieso también que eso era antes, que es parte del pasado, de un triste pasado que me niego a revivir. 

Te confieso que me ilusioné con tu iniciativa de reencontrarnos, al punto de perder el apetito, aunque para ti tuviera una intención y un significado diferente, pero te confieso también que luego de que cancelaras no me sentí decepcionada, mucho menos triste. En el fondo de mi corazón siempre supe que un día como ese llegaría y sabía también como terminaría. 

Te confieso que mi cuerpo tembló de pies a cabeza cuando volví a escuchar tu voz después de meses, entonando una promesa que hasta que no cumpla, me pasará por la cabeza como una tarea sin hacer, pero te confieso también que eso no volverá a suceder. 

Te confieso que en dos oportunidades dejé de lado la esperanza de volver a ser tuya y me entregué a recorrer el camino que el destino me estaba mostrando para dejar de serlo, y te confieso que no dudé, que solté el lastre, que ya no lo soy. 

Te confieso que no se si me duele el ego, el amor propio o he vuelto a tener el corazón partido. Me siento lastimada, utilizada y engañada, aunque no llegáramos más lejos, aunque no hiciéramos nada, aunque no nos moviéramos del punto muerto en que nos encontrábamos por tanto tiempo, pero te confieso también que me dolía más tu intermitencia que tu ausencia, porque ni te quedabas ni te ibas: no se puede extrañar a quien no se va, ni olvidar a quien se queda. 

Te confieso que vine hasta donde estoy para demostrarte mi crecimiento, que me había despegado de mis raíces y aunque cada día siento que este no es mi lugar, te confieso que no me arrepiento y que agradezco estar aquí y no allá para no ser testigo ocular y espectadora de primera fila de acciones tuya que yo considero son erradas. 

Te confieso que creí que esta vez sería diferente, pero para llegar a ese punto de credulidad, tuve que engañarme a mi misma, despistar a mi instinto e ir en contra de mi cabeza, cuestiones que después de todo estaban en su justa razón. 

Te confieso que quise dejar una huella en ti, y espero haberlo logrado, pero te confieso también que a cambio yo esperaba lo mismo, y solo quedaron cicatrices. 

Te confieso que creo haberte enseñado solo una cosa: una manera de amar que no conocías y que está en peligro de extinción, pero te confieso que yo también aprendí algo de ti que no olvidaré jamás: todo lo que no es amor. 

Te confieso que soñé que esta versión de "Tres Metros Sobre el Cielo" acabaría de otra manera, pero no, no podía ser más que "Tengo ganas de Ti".

Te confieso que si alguien que conociera la historia completa, con todos sus capítulos, no entendería mis actuales reacciones, porque te confieso que hace algún tiempo atrás habría estado llorando por los pasillos, buscándote en los rincones, pero no, hoy no. Hoy soy un caballo de victoria, de esos en los que paseamos por la ciudad amurallada de Cartagena de Indias la primera noche que llegaste a Colombia. Se a donde tengo que ir y no se me permite mirar en ninguna dirección que no sea hacia delante. Se lo debo a mi autoestima, a mi orgullo, a mi dignidad, a mi femeneidad, a mi cuerpo y a mi espíritu. 

Y esta es mi última confesión: 
Es por mi. Porque ya aprendí mi lección y por sobre todo: De todas las veces que pudieron ser y no fueron, de todos los intentos fallidos, de todas las oportunidades, ésta, ésta, es la primera vez que te dejo yo a ti y no tu a mi. 

Porque ahora conozco y reconozco mi valor para el mundo, porque ahora compruebo que nadie es indispensable para otro y que por lo mismo somos fácilmente reemplazables.

Y así, 
Te confieso que te quise, que te amé, pero te confieso también que ya no, que ya no más. 













martes, 27 de mayo de 2014

A ti.~

Todas las historias tienen un principio y una razón de ser, pero ésta, tuvo una razón para nacer, que posiblemente aun no conozcamos, ni vayamos a saber jamás.

Aun era una niña cuando el destino cruzó nuestros caminos, al menos me veía como una, porque a pesar de ello siempre he tenido la sensación de que en mi vive un alma antigua, en una circunstancia que hoy parece paradójica, pero en una etapa de mi vida en la que por primera vez empezaba a volar con mis propias alas, en una etapa en la que sabía de sobra que cometería muchísimos errores pero que al mismo tiempo sabía que por personas como él, al fin del día todo estaría bien.

Resulta dificilísimo hacer esto, escribirte, porque cuestiono absolutamente cada palabra, pero al mismo tiempo está siendo inevitable, algo dentro de mi me insta a hacerlo, así es que lo hago, con la mayor inspiración y pasión de la que soy capaz cada vez que hago esto.  Lo es también porque no recuerdo mucho los detalles como ocurre con frecuencia con otras historias y no es porque no haya estado prestando atención sino que, por el contrario, estaba poniendo demasiado de mis sentidos en lo que fuera que estuviera haciendo o diciendo y no llegué a concentrarme en las pequeñeces, pero si se bien que ahí estábamos ambos de pie en un auditorio repleto de gente: tú con tu sonrisa amable y generosa de siempre y yo en el más eficiente de mis personajes. Lo que hoy parecería una abierta estrategia de conquista, en su momento fue nada más que caballerosidad y educación, o al menos eso es lo que creo alguna vez me contaste cuando pregunté. Aquel día, aquella conversación, nos permitieron llegar hasta ahora, intactos, con más años, más dolidos, más preparados, pero sin duda, los mismos de siempre, los mismos de aquel día en el que descubrimos que al menos yo sabía quién eras aunque nunca antes hubiera visto tu cara, pero que teníamos un círculo de personas en común.

Cuando echo a correr la memoria, descubro qué fue lo que nos hizo llegar tan lejos: cuando te conocí no sabía que tenía la necesidad de que alguien me escuchara y realmente entendiera mis palabras no solo por cumplir sino también porque la vida lo había enseñado como a mí y que eran las experiencias del pasado las que nos unirían en un futuro. ¿Cuántas personas en el mundo has conocido que tengan la capacidad de escuchar y oír al mismo tiempo? ¿Que puedan responderte lo que preguntas y no aquello que ellos quieran decir? Yo solo lo conozco a él.

Me levantó de las cenizas, impidió que perdiera la cabeza, fue honesto cuando se lo pedí aunque me doliera y se negara a hacerme daño, intentó hacerme cambiar de parecer y cuando vio que no lo conseguiría no se rindió. Me llevó al peor de los médicos, al que cuando algún otro sabe que visitas se alejan irremediablemente de ti, cuando sabia de sobra que él podría hacer ese mismo trabajo. Cuidó de mí, de mis dolores, de mi autoestima, secó mis lágrimas, me abrazó hasta dejarnos sin aire y sin preguntar. Creó sonrisas genuinas, panoramas simples, sacrificios innecesarios pero infinitamente valorables, porque yo no le había dado nada, nada más que mi triste y torpe presencia y compañía. No fui su mujer pero quiso y puso el mundo a mis pies. No fui ni di nada, nada más que yo misma, dañada, herida, molesta, triste y enferma, pero aun así era todo lo que él quería de una u otra manera en su vida y es por ese mismo motivo que sigo aquí.

No puedo decir que no le importaba que las penas y lagrimas fueran de otro, porque con el tiempo descubrí que si le importaba y en más de un sentido. Él me ayudó a sanar, y cuando pude seguir caminando sola, aunque coja, me aparté de él, con el dolor de una pérdida más, pero con la esperanza de que la vida lo compensaría con creces por ser quién es, por ser cómo es y no me equivoqué, eso espero. 

Por eso, hoy te dejo unas cuantas lágrimas más, pero hoy no son de nadie más que tuyas. Hoy te escribo por primera y única vez, pero siéntete feliz porque yo lo hago por ese mismo motivo.
Siéntete feliz, porque está llegando el final de estas palabras y desde el tercer párrafo supiste que eran tuyas estas estrofas y de nadie más que tuyas, y por supuesto me harás saber de alguna u otra manera que lo sabes.

Siéntete feliz, porque nos conocimos en la que dicen es la mejor etapa de la vida, en la que se forman los caracteres y nos definimos como seres humanos, cuando no éramos más que dos estudiantes de la universidad y de la vida.

Siéntete feliz, porque a pesar de que mi respuesta a tu proposición fue negativa, no fue así porque no hayas sido todo lo que quisiera para mi vida, sino porque fui demasiado cobarde para aceptarla, porque además sabía que cumplirías con cada una de las palabras que decías en mi oído. Reconocer mi miedo en voz alta te habría dado a ti el coraje que necesitabas para lograr convencerme y darme todo aquello que nunca te dije que necesitaba pero tú manifestabas de forma tan convincente en voz alta y mirándome a los ojos que sabías y que de hecho hasta el día de hoy sabes. Habría flaqueado, e inevitablemente uno de los dos habría terminado herido y yo no estaba dispuesta a correr ese riesgo.  

Siéntete feliz, porque no mereces contigo a una mujer dañada a la espera de ser reparada, sino una íntegra, entera, porque desde donde se mire tu alma, tú si lo eres.

Siéntete feliz, porque a pesar de que en algún momento la conversación dejó de ser diaria y en el camino pudimos abandonarnos, nunca lo hicimos, ni antes, ni ahora, ni después.

Siéntete feliz, porque aunque he estado molesta contigo, o desilusionada de la vida y sus encantos o sintiéndome infeliz, no habrán días que me queden de vida en los que vayas por tu vereda y yo por la mía y no vaya a sonreírte.


Siéntete feliz, aunque se perciba la pena, porque a pesar de que nadie lo crea o lo entienda o ni si quiera nosotros mismos sepamos por qué, nos queremos. Yo, te quiero. 

martes, 13 de mayo de 2014

Bésame.~

¿Y si te beso para olvidarnos del mundo? Para perdernos entre el mar de gente, en la nube de nuestros pensamientos. 

Entre tanto te decides, me tomas con una mano tras el cuello para que no haya oportunidad de escape, sin que tus labios se separen de los míos ni por un segundo y yo me aferro a tu espalda como si se me fuera la vida en ello, mientras tú con la otra me sostienes la cintura, mano que luego avanza hasta la parte baja de mi espalda anhelante de caricias. En susurros y con poco aire en los pulmones, con la respiración agitada, mi cuerpo te advierte que si no te detienes no volveré a dejarte a ir, que no podrás apartarme de ti, pero continúas hasta que recuerdas quiénes somos y cuál es nuestra historia.

Te detienes. Retrocedes, pero sigues ahí, mirándome con la transparencia de tus verdes ojos, recordándome que son ellos quienes dicen lo que el corazón no puede, y vuelves a acercarte.

¿Y si me besas para olvidarnos que tenemos los pies en la tierra? Para perdernos en el deseo de ser solo tú y yo, en que el tiempo se para por completo. Ahora tu beso es cada vez más intenso, cada vez más posesivo, cada vez me habla más de ti y de lo que sientes.

Bésame para olvidar que no hace mucho tiempo atrás nos separaron todos los océanos, todas las estrellas, todos los continentes, todos los climas y 16 horas. 

Bésame con la misma desesperación de no habernos visto en ese tiempo pero con la firmeza con la que se besa cuando a pesar de tanta distancia en espacio y tiempo, no hubiera día en que no me llevaras en el corazón. 

Bésame con delicadeza y suavidad, con dulzura, como si estuvieras diciéndome todo lo que me quieres, para demostrarme que lo único que nos separa ahora es el miedo, nuestro miedo y la incertidumbre del futuro y no la falta de amor. 

Bésame con la fragilidad de la porcelana, con la precaución con la que se acaricia una rosa para no lastimarse con sus espinas. 

Bésame como lo hace el Rey al despedirse de su Reina antes de partir a la guerra, con el miedo vivo en los ojos al saber que corre el riesgo de no volver a verla.

Bésame para no volver a olvidarnos, para recordar que nos quisimos, que te amé como a nadie, que nos amamos como jamás ninguno de los dos amó antes. 

Bésame para saciar tu necesidad de mí, para acabar con tu mal genio, como si fuera lo mejor que la vida haya puesto en tu camino y estuvieras agradecido de ello, para grabarme en tu alma.

Bésame para olvidar que existimos, para recordar que no fuimos un sueño o al menos no uno que se tiene estando dormido sino más bien despiertos. 

Bésame para olvidar tus problemas, para recordar cuál es tu lugar en el mundo, para sentir que tienes tu propio hogar además del que te dieron tus padres.

Bésame ahora para ser feliz cada día al abrir los ojos por la mañana y cada noche antes de soñar con lo felices que hemos sido luego de que volvieras a besarme por primera vez.  

Bésame. Bésame para olvidar, bésame para recordar, pero hazlo. Bésame.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Espero ~ M. Benedetti.

Te espero cuando la noche se haga día,
suspiros de esperanzas ya perdidas.
No creo que vengas, lo sé,
sé que no vendrás.
Sé que la distancia te hiere,
se que las noches son mas frías,
Sé que ya no estás.
Creo saber todo de ti.
Sé que el día de pronto se te hace noche;
sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices,
sé que soy un idiota al esperarte, pues sé que no vendrás.
 
Te espero cuando miremos al cielo de noche;
tu allá, yo aquí, añorando aquellos días
en los que un beso marcó la despedida,
quizás por el resto de nuestras vidas.
 
Es triste hablar así,
cuando el día se me hace de noche,
y la luna oculta ese sol tan radiante.
Me siento solo, lo sé,
nunca supe de nada tanto en mi vida,
sólo sé que me encuentro muy solo,
y que no estoy allí.

Mis disculpas por sentir así,
nunca mi intención ha sido ofenderte, nunca soñé con quererte, 
ni con sentirme así.
Mi aire se acaba como el agua en el desierto,
mi vida se acorta pues no te llevo dentro.
 
Mi esperanza de vivir eres tú,
y no estoy allí.
¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás,
¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?
Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí.
Porque todas las noches me torturo pensando en ti.
¿Por qué no solo me olvido de ti?
¿Por qué no vivo solo así?
¿Por qué no solo...